El niño que comía lana

Cristina Sánchez-Andrade – Anagrama.

El día que empecé este libro me picó un tábano.
Me acordé de mi abuela, no sé si por el picotazo o por el libro o por ambos. Recordé el verano que trepé las rocas de Espiñeiro porque vi un cangrejo azul entre ellas, las piernas morenas y las rodillas tiernas, el resbalón, el golpe, la sangre, el grito. Recordé mi hipo ya en casa, a mi abuela con su vestido de hortensias, sus manos cubiertas de venas verdes, el vaso de leche fría, el mimo, el conjuro que todo lo sanaba; mouchos, coruxas, sapos e bruxas.

He pasado 2 semanas con un bulto en el cuello, una suerte de amígdala extracorpórea brillante y fruncida, con el picotazo del tábano como un pespunte rojo perfecto y preciso, justo en el centro.
Hemos ido al trabajo, al estanco, a entregar un paquete, a por la leche -solo el dolor me hace volver donde ya no puedo estar- a coger la bici colocados de antibiótico o de picotazo o de libro o de todo, juntos, mi habón y yo.

Lo más doloroso no fue la picadura, sino habitar mi garganta, mis huecos, ocupar el mismo espacio en el sofá, en los domingos, en la cola con el brick bajo el brazo, en la vida que me conoce simétrica, pero hacerlo ahora con ese muñón bajo la cara, la amputación de algo inexistente.

¿Por qué me dolía tanto la mirada fija de aquel niño en mi cuello, el sobresalto mal disimulado, mi jefe reparando en mi existencia (nuestra, ahora, muñón), la sensación de ser un cuerpo deforme y sucio, por qué dolía ese nuevo bulto que sabía momentáneo y trivial? ¿Era acaso trivial?

Pienso en mi abuela meiga y en la leche, en el picotazo y en el libro y en Pepín al principio, en el gusano verde saliendo de la nariz de Tranquilino, en la lana entre las muelas, en Pepín al final, en Tranquilino al final, en las agujas atravesando – pluma, piel, cartílago, víscera, ácido- el buche del jilguero, en lo deforme, en lo grotesco, en el tábano que es @cristina.sanchez_andrade o en todo.

Pienso en el gemido gutural de Manuela das Fontes y, ahora que ya he vuelto a ser humana , creo que me dolía lo mismo que a ella. El muñón de lo amputado, el muñón como lo que ya no es o como lo que nunca fue, el muñón como un dolor truncado e inocultable, con forma de melocotón en almíbar.

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